Me voy hacer eco, de una historia cuanto menos curiosa: La maldición de la mansión Winchester. Sarah Winchester, (1840-1922) tras la muerte de su esposo William Wirt Winchester por tuberculosis en 1881, se hizo con la propiedad de la finca familiar y de una participación del 50% en la compañía de armas Winchester Repeating Arms Company.

Retrato de Sarah WinchesterEl rifle Winchester, creado en 1866, fue el primer fusil de repetición con acción de palanca, permite disparar varias veces sin necesidad de efectuar una recarga. Se le conoce en Estados Unidos, como el arma que conquistó el oeste y está identificado como un elemento clave en la identidad del típico vaquero cowboy. También fue denominado como “ese maldito rifle yankee que carga el domingo y dispara toda la semana“. Un arma que lo tiene todo, dispara a más de 200 metros, no se traba, no es pesada y su fabricación era tan barata que cualquiera tenía una. Así se hizo famosa, no sólo por sus prestaciones, sino porque con ellas fueron arrasados buena parte de las tribús indígenas americanas (también conocidos como “pieles rojas”), incluyendo a mujeres y a niños, dando lugar a esta historia de la maldición de la mansión Winchester. Como he contado, a raíz de la muerte de William, Sarah quedó al frente de una gran fortuna: 20 millones de dólares. Pero su vida, no fue exactamente fantástica… ¿o sí?

Jefe de una tribu de indios americanos.

La trágica vida de Sarah Winchester: de la mala suerte a la maldición

La verdad es que esta mujer no tuvo demasiada suerte; nunca pudo tener hijos. Tuvo una hija Annie 1866, pero murió a los 40 días, lo que sin duda la afectó psicológicamente. Sería, no obstante, con la muerte de su marido, que empezaría a perder completamente la cordura.

Sentía que en su vida algo no iba bien, que su mala suerte no era normal y tuvo la fatal idea de acercarse a médiums y otros “expertos profesionales” en el tema que a ella le acuciaba: tenía la certeza de que era víctima de una maldición. Estos personajes sacaron buen provecho de la depresión de Sarah, que comenzó a obsesionarse todavía más con la idea de que había sido víctima de una maldición creada por las almas de miles de víctimas causadas por ese rifle, gracias al cual, por otra parte, debía su copiosa fortuna.

Visitó una médium en Boston, que le dijo que estaba maldita y con esta frase lapidaria: “Nunca dejes de construir, o morirás”. Es en ese momento cuando nace la idea de que la construcción seria lo único que mantendría a Sarah a salvo. Con las instrucciones de la médium, Sarah, a sus 42 años y con una gran fortuna, se trasladó a las costas de California (San José), compró una casa sin acabar e inició un faraónico proyecto. Las obras en en la mansión duraron más de 38 años. Jamás había silencio, construida sin planos, sin ingenieros ni arquitectos, la casa pasó por varias fases y en varias ocasiones fue parcialmente derruida para volver a levantar. En un determinado momento llegó a tener hasta siete plantas pero después del terremoto de San Francisco (1906), sufrió severos daños y, en la actualidad, tan solo alcanza las cuatro plantas.

Se construía y reconstruía de forma caótica, derribando para volver a levantar, creando puertas y ventanas que no llevaban a ningún sitio, así como escaleras que subían y bajaban hacia ninguna parte, como si fuera un dibujo del genial M.C Escher (Países Bajos, 1898-1972).

La propiedad se extiende a lo largo de 4,5 acres, o sea unos 24.000 m², con 160 cuartos, incluyendo 40 habitaciones, 10.000 ventanas con paneles, seis cocinas, varios salones, trece baños, 47 chimeneas, dos sótanos, tres ascensores, lámpara de gas, una pequeña bañera, y multitud de espejos por la casa. Pues según se creía, de esta forma se ahuyentaba a los fantasmas, que temían a su propio reflejo. Incluso había baños que en realidad eran falsos y se rumoreaba que las puertas y las escaleras que subían y bajaban hacia ninguna parte, servían para que Sarah pudiera vigilar, por medio de pasillos secretos, a cualquiera que anduviese por aquella casa. Además, contaba con toda la tecnología punta del momento: lámparas de gas, calefacción, interfono para llamar a los criados (que llevaban mapas para no perderse) o incluso ascensores (muy poco comunes por aquellos años). La obra, en 1922, el año de la muerte de Sarah, ya había costado aproximadamente cinco millones y medio de dólares, cantidad que actualmente equivaldría a unos 71 millones de dólares.

Sarah murió al edad de 83 años, en su maldita casa, sin un día descanso, con el repicar continúo de los martillos, y el trasiego constante de obreros durante todo el día en casa. En sus últimos días, se implicó todavía más en la construcción y debido a su obsesión por el número trece, plasmó dicha cifra por toda la casa: trece velorios, trece escalones , trece ganchos, trece agujeros de coladera, etc. También su testamento estaba dividido entre partes y, cuando hay viernes trece, en su honor tocan trece campanadas a las 13:00 horas.

También mandó construir una casa flotante en la bahía de San Francisco, que se conocía como el arca de Sarah, pues con ella pretendía sobrevivir a una nueva inundación bíblica, en plan Noe. Desgraciadamente, esta arca fue destruida en un incendio en 1929.

Me parece a mí que esta mujer tenía mucho dinero y mucho tiempo libre. Esto, unido a una mente tan frágil, provocó que cayera en manos equivocadas, que se dejara influir por personas sin escrúpulos que se aprovecharon de su fortuna. Al menos, dio de comer o un sinfín de familias de pintores, constructores, carpinteros, albañiles y demás profesiones dedicadas a la construcción.

Tras su muerte, a la mansión pasó a manos de su sobrina, quien la subastó rápidamente pues, obviamente, la mansión tenía fama de embrujada.

La Mansión Winchester en la actualidad: un espectáculo turístico

La propiedad fue adquirida por un inversor privado por un precio de 135.000 $. Aunque el nuevo propietario tuvo gran habilidad para rentabilizar su inversión, convirtiendo la casa en lugar de peregrinación visitado por cientos de miles de curiosos y turistas, seducidos por la fascinante mansión. Una especie de parque temático fantasmal, con una advertencia clara pero firme (además de un gran reclamo de marketing): no debes entrar sólo, porque si te pierdes, no te aseguran que te puedan encontrar.

La mansión Winchester en la actualidad

Existe controversia sobre los supuestos fenómenos paranormales que suceden en esta casa: se oyen pasos y portazos sin que haya nadie, e incluso hay quien afirma haber visto a la difunta Sarah atravesando las paredes. Por supuesto, hay quien achaca estos fenómenos a la maldición provocada por las almas en pena de todos aquellos que fueron asesinados por el rifle Winchester. Otros, sin embargo, creen que no se trata más que de sonidos y corrientes de are un tanto singulares producidas por tan desigual construcción. De cualquier forma, parece que esta casa “tiene algo” y no estaría mal preparar unas vacaciones a San José, California, para conocer, de primera mano, qué tiene de cierta esta leyenda.