Me maravilla la capacidad del ser humano para idear aparatos que nos arreglen la vida, aunque por el camino la puedas perder, pero el aspecto personal siempre ha sido una máxima social.

El otro día descubrí una foto que me llamó la atención; mirada serena, calmada, paciente… Enfrente, un monstruo mecánico que no solo era monumental, también debía de ser ruidoso y algo peligroso. Resultó ser un secador de pelo. Me sumerjo en la red, ávida de información y, la verdad, muy buena idea porque fue un paseo asombroso por la historia de la aparatología de la belleza y, cómo no, de nuestras características más humanas, la cabezonería y la vanidad.

El aparato fue inventado, en 1890, por un estilista francés, Alexander Ferdinad Bodofroy que, viendo la necesidad de las mujeres y niños de cabello largo para peinarlo y domarlo, tuvo la genial y simple idea de manipular la aspiradora, otro monstruo grande, ruidoso y recién inventado para darle la vuelta. O sea, en vez absorber el aire, lo expulsaba a través de un tubo difusor. Todo ello adaptado a una silla. Y ya está, tan solo era eso, pero, debido al ruido generado por aquellos monstruos y los gases y electrocuciones, como comprenderéis, no tuvo una gran acogida. Pero contábamos con la característica humana que os comenté, la cabezonería.

No contentos con el resultado, en el 1920, Racine y Hamilton, dos grandes empresas americanas empiezan a aplicar ciertos cambios en la forma, los componentes, la fuerza y, sobre todo, en seguridad. El mayor paso fue conseguir unos 300 vatios, que comparados con los 2000 actuales, no parece mucho, sin embargo, era notablemente más de lo que habían conseguido en 1890, pues aquél solo generaba un poco más de calor que el aire del ambiente de la habitación, ocupando muchas horas para lograr un efecto más o menos adecuado. Además de no ser productiva, la versión de 1890 tenía otros problemas añadidos: la sombra de los gases que estropeaban el pelo y la salud de los usuarios, así como el siempre presente peligro de electrocución…

Ya en la década de los 30 la tecnología toma impulso y aparece un cambio importante: a las empresas se les ocurre cruzar la aspiradora con la licuadora, pues así los tubos eran más eficientes, haciendo una difusión más pareja, acortando el tiempo y peligro de secado. Es en esos años cuando aparece la secadora de casco pudiendo, ahora sí, ponerla en los salones de belleza.

En los 40 empiezan a idear un motorcito con una pequeña resistencia para reducir considerablemente el tamaño, el ruido y, sobre todo, el coste, pues era importante que fuera accesible a todos, no solo a los salones de belleza.

En los 50, ya costaba 12,95 $, siendo mucho más accesible

Pero el boom, me reía yo, fue en los 60. Cuando los hombres se dejaron el pelo largo y vieron lo engorroso del tema, crearon el secador de mano, más fácil de utilizar, menos peligroso y más económico.

Todo esto ha sido la evolución de un aparatito que hoy en día todos tenemos en casa, al que seguramente no le damos demasiada importancia… Pero no deja de ser sorprendente cómo hemos pasado de un dispositivo que fácilmente podía electrocutarte a otros, típicos de cualquier salón de belleza, donde no sabes si estas en la nave Enterprise o si vas a pasar a la otra dimensión.

Después de acabar esta historia, me he duchado, he enchufado el secador que tengo encima del lavabo, en mi baño de 2×2 y he pensado… «Vaya, no he hablado de otro gran invento: el diferencial que lo hemos tenido que inventar para poder peinarnos frente al espejo, rodeados de agua todos los días… Ni tampoco de otro peligroso invento muy relacionado, la máquina de rizos permanente»: