Hoy voy a a relatar una historia en tanto peculiar. Hay veces en la vida, que tener buena suerte trae malas consecuencias, tal y como hubiera podido contarnos Charles Mallory Hatfield. Hatfield nació en Fort Scott (Kansas), el 15 de julio de 1875. Su familia se trasladó al sur de California y él empezó a trabajar en una compañía de máquinas de coser en 1904. No obstante, en su tiempo libre empezó a leer sobre la pluvicultura, una pseudociencia que se ocupa de las precipitaciones y su impacto en la agricultura. Pero este buen hombre fue más allá del campo teórico y empezó a desarrollar métodos propios para intentar producir lluvia.

Charles Mallory Hatfield

En 1902 ya había creado una mezcla secreta, con 23 químicos, en unos grandes tanques de vaporización galvanizados. Según él, aquel “acelerador de humedad” (así lo bautizó), atraía la lluvia. En 1904, el promotor Fred Binney comenzó una campaña de relaciones públicas para rancheros y agricultores, mediante la que obtuvo 50 dólares por su fórmula para producir lluvia. Al año siguiente, él y su hermano Paul construyeron una torre de evaporación, “La Crescenta”, desde la cual, haciendo gala de una gran parafernalia y sentido teatral, liberó su mezcla en el aire con aparente éxito, pues los ganaderos le pagaron otros 100 dólares. Aún así, cabe mencionar que desde la oficina de meteorología contemporánea declararon que había sido una pequeña tormenta, además ya pronosticada, pero los crédulos hicieron caso omiso de la explicación oficial y Hatfield pudo obtener más inversiones con las que continuar su extraña empresa. En 1906, fue invitado al Territorio del Yukón, donde se comprometió a hacer llover para ayudar a la industria de la minería de oro, ofreciéndole 10.000 $ si lo lograba. Sin embargo, tras numerosos intentos fallidos, desistió, escabulléndose con tan sólo 1000 dólares en concepto de gastos, aunque este fracaso no lo disuadió. En 1915, logró un encargo de la ciudad de San Diego para producir lluvia con la que llenar la reserva del lago Morena, que se encontraba bajo mínimos después de una época de sequía. Hatfield ofreció sus cobrar por servicios únicamente en función de la cantidad de agua con la que consiguiera llenar el depósito. Así, volvió a construir su torre al lado del lago Morena (5 de enero 1916). Sorprendentemente, empezó un periodo de fuertes lluvias que lograron llenar de agua los lechos secos. Pero las lluvias no cesaron, hasta el punto de que se produjo una inundación que destruyó puentes, trenes, lineas telefónicas, granjas y casas, e incluso se desbordaron dos presas. Una verdadera catástrofe; la lluvia no cesó hasta el 20 de enero e incluso después, se reanudó hasta el 27 del mismo mes. Había tenido lugar la que se conocería como “La riada de Hatfield”, la mayor tormenta conocida en ese tiempo, en San Diego. Hubiera sido gracioso ver la cara de poema del alcalde de San Diego, mirando por la ventana la incesante lluvia y pensando “se me ha ido la mano”.

Fue un desastre natural, en el que hubo víctimas mortales, aunque Hatfield se defendió, en la prensa, esgrimiendo haber cumplido los requisitos de su contrato (llenar el embalse) y tuvo la desfachatez de exigir el pago en su totalidad. Obviamente, el ayuntamiento se negó a pagar, a menos que el aceptara la responsabilidad de daños y perjuicios, lo que supondría una reclamación por valor de millones de dólares. Finalmente, y puesto que no había un contrato escrito, se conformó con 4000 $, demandándoles, aunque sin éxito, una vez hubo cobrado. Dicen que no hay publicidad mala y, definitivamente, esto le dio muchísima publicidad, lo que le sirvió para conseguir más contratos, algunos tan inverosímiles como apagar un incendio forestal en Honduras, o llenar un lago seco. Hay quien opina que, más allá de ser un tipo afortunado, tenía sus habilidades metereológicas, consistían en saber seleccionar periodos donde había más probabilidad de lluvia.

Años más tarde, volvería a trabajar en el negocio de las máquinas de coser, y moriría en 1958, sólo (su mujer le había abandonado) y llevándose a la tumba la fórmula química que le había concedido más de 500 éxitos.

El incidente de San Diego inspiró múltiples canciones escritas en honor de Hatfield y el libro “Wizard of sound city” de Garry jenkins, que a su vez inspiraría la película de 1956, “The Rainmaker” (títulada en España “El Farsante”), protagonizada por Burt Lancaster y Katherine Hepburn. Nunca sabremos con absoluta certeza si tenía una suerte extraordinaria o sabía algo que hoy por hoy desconocemos.

El farsante [DVD]
  • Paramount (06/15/2015)
  • Tiempo de ejecución: 119 minutos
  • Burt Lancaster, Katharine Hepburn
  • Español, Portugués, Inglés