La Virgen castigando al Niño Jesús delante de tres testigos: André Breton, Paul Éluard y Max Ernst

Si algo abunda en la historia del arte, son las representaciones de la Vírgen María con el niño Jesús. Generalmente se trata de retratos místicas, a menudo en escenas bucólicas. María, siempre suele ofrecer un semblante compasivo y sereno, y el niño Jesús, generalmente en sus brazos, rebosa de una gracia y de una inocencia propias del hijo del Dios del nuevo testamento.

La virgen de Ernst es, ante todo, madre y, como tal, capaz de perder los papeles.

También esta obra de Max Ernst muestra a tan singulares personajes juntos, con la Madre sosteniendo al niño Dios. Incluso los tonos rojos y azules de los ropajes de la virgen, son los mismos con las que tantas veces ha sido retratada. Sin embargo, aquí terminan las similtudes con las representaciones clásicas. Ernst despoja tanto a madre como a hijo de cualquier misticismo para sumergirlos en la más cotidiana realidad (pese a que muchos pedagogos actuales se manifiestan en contra del azote oportuno de una madre a su hijo). Incluso la aureola celestial de Jesús, ha caido al suelo ante la reprimenda de una madre fuera de sus casillas.

Al fondo, Bretón, Éluard y el propio Ernst, paladines de surrealismo, son el colofón de una suerte de santísima trinidad convertida en embarazoso testimonio de una escena incómoda. Solo Ernst, el autor, observa la escena sin apartar la vista.

La trinidad la forman los autores surrealistas André Bretón, Paul Éluard y el autor de la obra: Max Ernst.

Aunque esta representación se aleja del imaginario tradicional cristiano, en realidad podría casar con la visión de la infancía de Jesús que ofrecen los evangelios apócrifos, donde en ocasiones muestran a un niño travieso que utiliza sus poderes omnipotentes para imponer su voluntad sobre los mortales y salirse así con la suya.