Francesco Albano es un escultor italiano, afincado en Estambul, cuyo padre, también escultor, ya le inculcó de niño el amor por este arte. Sin embargo, como el mismo Francesco afirma, para él la escultura no ha dejado de ser un juego creativo, del mismo modo que para un niño puede serlo hacer figuritas con plastilina. ¿Pero acaso no pocos ansiamos dedicar nuestro tiempo a jugar?

Los grotescos cuerpos de Albano, desinflados, vacíos, carentes de aquello que lo sostiene (la propia vida) se convierten en una forma contundente de defender, y a la vez atacar, el tan manido y cada vez menos respetado axioma de «Lo que importa es el interior«.

Según el propio autor, con su obra pretende expresar que por el simple hecho de existir en la sociedad actual, corremos el peligro de derrumbarnos, tanto a nivel físico como mental.

A mí me ha recordado mucho a los enfermos de cierto pabellón psiquiátrico descritos en la novela «Los renglones torcidos de Dios», de Torcuato Luca de Tena.